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Tema: Simplicidad reflexiva y su complejidad

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    Predeterminado Simplicidad reflexiva y su complejidad

    “Una prueba de que los órganos sensoriales perciban rápidamente, incluso una pequeña diferencia, es lo que ocurre con los espejos, tema en el que uno podría detenerse para investigarlo por sí mismo, y en el que se encontraría en dificultades” (Aristóteles, Acerca de los ensueños)

    Hay un experimento visual de cierto interés. Si uno se pone delante de un espejo al que se mira, la mayor parte de las personas, se reconoce en la imagen reflejada, se sabe que ese que se ve es el mismo que mira. Al ver la propia imagen hay un enlace, como prefiero llamarlo, “egocéntrico” (*).

    La centralidad del ego en la imagen, que se infiere sin reflexión pensante, viene puesta. Póngase a otro junto a uno ante el espejo y se comprobará la distinción inmediata de quién es uno y quién es el otro (**). El otro también tiene su ego, su ser propio. Él y yo no sólo reconocemos nuestra propia imagen, sino que sabemos que la del otro no es la de uno. El otro no es, primeramente y sin figuración, “yo”.

    (*) La centralidad del "yo" se pone a sí misma en cuestión a cada paso que el "yo" dé. Su permanencia titubea a cada instante. "Yo" está, primodialmente, abierto; no es una mónada que no tenga ventanas, sino que, más bien, su reconocimiento es una fase en la que tiene que abrirse para poderse cerrar y cumplir su cometido.

    (**) Las distinciones son relaciones de identidad negativas (***); son negaciones implícitas. A pesar de su apariencia y discurso, ya vienen negadas, su negación es un paso previo; son proposiciones sintéticas negativas, esto es, niegan primera y no segundamente (****), segundamente afirman lo que primeramente niegan; no obstante, aparecen como si negasen segundamente, una negación aparente que no termina de negar.

    Las distinciones en el espacio inmediato, esto es, no reflejado, no son dobles negaciones. Toda negación es, primera y esencialmente, afirmativa. La distinción no adquiere su naturaleza distintiva, es así.

    Si a la propia imagen reflejada en el espejo le añadimos su propio reflejo (*****), esto es, si contraponemos otro espejo al espejo, surge una rareza, un quiebre de expectativa. Uno se sigue reconociendo, pero la incertidumbre visual se hace notar; la capacidad de reconocerse empieza a notar cansancio. El segundo reflejo no se soluciona tan fácilmente como el primero.

    Sin embargo, esta especulación no es tan compleja como la reflexión de la imagen en el espejo, es más directa; podríamos pensar en ella aunque no hubiera espejos; el reflejo es una añadido del que debiéramos poder prescindir. Me pregunto, más bien, si cuando me abro a algo, no estoy ya abierto a él (******); la apertura, por tanto, ya era, no se ha llegado a nada que no fuera antes.

    (***) Toda negación es, primeramente, una afirmación negada. No hay negaciones que no se afirmen en su negación. La negación, así visto, es un acto complejo, es fruto de una elaboración más o menos consciente y más o menos clara.

    (****) Lo primero y lo segundo de la distinción no sería, por tanto, simplemente un opuesto ordinal, sino una oposición que excluye (*******), rechaza lo que venga. El reflejo del otro es visto, pero su identidad no converge conmigo, sino que es rechazado.

    (*****) La vista soluciona su composición en primera línea (********). No ve lo que hay en segundo plano si no tiene una garantía para ello, un primer paso ya dado sobre el que el segundo es y al que se remonta; el segundo plano no es cabalmente segundo, sino el primero en una vez distinta de la primera, lo que llamamos segundo, que, como digo, es la negación ejecutada de la primera; si la primera no hubiera sido, no habría ninguna segunda.

    (******) La abertura está garantizada, tiene un valor positivo implícito. Para que deje de ser afirmado no basta con una oposición a sí mismo, o algo ante él, sino que debe ser algo con más recorrido que dé empuje a la oposición hasta que la afirmación sea negada.

    (*******) El juego de oposiciones de las imágenes reflejadas en el espejo cuando tú y yo nos miramos en él es extraordinariamente claro en cuanto a la afirmación del “yo” propio y la negación del “yo” del otro. En ningún momento pensamos que somos el otro que no sea “yo”. “No-yo” está en “yo” rechazado, no se lo admite. Sin embargo, “no-yo” no es propiamente negativo; “no-yo” se niega en relación a “yo”, no en relación a lo que no sea “yo”.

    (********) Esta reflexión puede resultar anti-intuitiva, pero es consecuencia de que se pone un término visual que no ha sido, se pone lo que no está, no de acuerdo con lo que es, sino con lo que, según su expectativa, debiera ser; se está haciendo. Lo que venimos a considerar tiempo es un error infinito, un término interminable; no es susceptible de ser finalizado y llevado al máximo de sí; jamás se alcanza y es actual.
    Última edición por ALBERTO RODRIGUEZ-SEDANO; 04/10/2018 a las 07:31

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