No es lo mismo decir que el trabajo individual nos ha favorecido a nosotros mismos y que, indirectamente, hemos favorecido a los demás, a decir que tenemos una satisfacción moral doble, por beneficiarnos a nosotros mismos y a los demás. Debe quedar claro que las motivaciones de nuestras acciones deben apuntar hacia la mayor cantidad de satisfacciones morales, antes que a la mayor cantidad de beneficios económicos. Buscando los beneficios morales, la ética se dará por sí sola. Recordemos que Adam Smith escribió un libro titulado: “La teoría de los Sentimientos morales”, algo que no era ajeno a su pensamiento.
Cuando decimos que la ética, o el nivel ético de los individuos, es un factor prioritario en el buen funcionamiento de la economía de mercado, debemos asociarlo a la actitud cooperativa y solidaria, y no a las actitudes egoístas. Esto es imprescindible aclararlo ya que una de las partes esenciales en dicho proceso de producción e intercambio reside en la competencia entre productores que tratan de lograr la mejor calidad al menor precio, que es la esencia de las ventajas del sistema. Si la competencia está asociada a una actitud de cooperación, será una competencia beneficiosa para todos y aquí predominará el lema olímpico: “Lo importante no es triunfar, sino competir” (Pierre de Coubertin). Si la competencia está asociada al egoísmo, las cosas podrán llegar a extremos poco deseables. Wilhelm Roepke escribió: “La economía de mercado no es una excepción a esta regla. Por cierto, sus defensores, en la medida en que han sido intelectualmente exigentes, han reconocido siempre que el ámbito del mercado y de la competencia, del sistema en el que los precios y la producción son determinados por la oferta y la demanda, merece ser considerado y defendido solamente como una parte de un orden general más amplio, que abarca la ética, el derecho, las condiciones naturales para la vida y la felicidad, el Estado, la política y el poder. La sociedad en su conjunto no puede ser regida por las leyes de la oferta y la demanda, y el Estado es algo más que una especie de empresa comercial, tal como ha sido la convicción de la mejor opinión conservadora desde los tiempos de Burke. Los individuos que compiten en el mercado en procura de su propio beneficio, necesitan más que nadie de las normas sociales y morales de la comunidad, sin las cuales la competencia degenera hasta los extremos más penosos. Como dijimos antes, la economía de mercado no lo es todo. Debe ocupar su lugar en un ordenamiento más elevado, que no se gobierna por la oferta y la demanda, la libre formación de los precios o la competencia. Debe estar firmemente insertada en un ordenamiento global de la sociedad, en el cual las imperfecciones y rudezas de la libertad económica sean corregidas por el derecho, y donde no le sean negadas al hombre las condiciones de vida adecuadas a su naturaleza. El hombre sólo puede realizar plenamente su naturaleza si se integra libremente en una comunidad con la cual se sienta solidario. De lo contrario, su existencia será desdichada, y él lo sabe” (Citado en “Enfoques económicos del mundo actual” de L. S. Stepelevich – Ed. Troquel).
Agrega Roepke: “En otras palabras, la vida económica no se desenvuelve naturalmente en el vacío moral. Se halla en constante peligro de desviarse del nivel moral medio si no se la apuntala con un vigoroso apoyo ético. No cabe pensar siquiera en que pueda faltar ese apoyo, el cual, por otra parte, debe ser preservado constantemente de de la corrupción. De lo contrario, nuestro sistema económico libre, y con él toda forma de Estado o sociedad libres, están condenados a derrumbarse”. “El mercado, la competencia y el juego de la oferta y la demanda no crean estas reservas éticas; las presuponen, y las consumen. Estas reservas deben venir de fuera del mercado, y ningún manual de economía puede sustituirlas”.
Uno de los principales problemas éticos que aparecen en las sociedades actuales (al menos en Latinoamérica), es la actitud de un gran sector de la población que prácticamente no quiere trabajar, y tiene hijos en cantidades superiores al promedio de la población. Le imponen al resto de la sociedad la obligación de mantenerlos. Para colmo, frecuentemente se habla de la “desigualdad social” culpando al que trabaja por tener medios superiores al que no hace nada. Para colmo, muchos pretenden a que lleguemos a una “miseria compartida” (socialismo) antes que a una desigualdad con esperanzas.
En forma similar, muchos renuncian a ser empresarios debido principalmente a las preocupaciones que tal decisión les ocasionará. Por ello, la proporción de empresarios será menor a la necesaria, y así, la cantidad de puestos de trabajo será menor a la requerida por la población. Luego la sociedad culpará a los pocos empresarios que hay por ofrecer pocos puestos de trabajo, o por hacer que se incremente la oferta laboral para que decaiga el salario promedio, o cosas semejantes.
Si bien se dice que el consumo es un factor que alienta la producción, el consumo de cosas superfluas impide el ahorro y la inversión. Los individuos que prefieren sacrificar la seguridad futura en beneficio de la comodidad del presente, impiden su propio crecimiento económico. Ludwig von Mises escribió: “La economía de mercado crea un ambiente que induce a practicar la abstención y a invertir su fruto, el capital acumulado, en aquellos sectores que mejor satisfacen las necesidades más urgentes del consumidor. Si no hay personas dispuestas a ahorrar, reduciendo su consumo, faltará los medios necesarios para efectivamente ampliar las inversiones. Tales medios no pueden ser engendrados mediante imprimir papel moneda o conceder créditos sin más existencia que la escrituraria y contable. La expansión crediticia constituye la principal área de que dispone el jerarca en su lucha contra la economía de mercado” (De “La acción humana”).
Quienes promueven la existencia de controles de precios, por parte del Estado, son los que, por la comodidad de no buscar mejores precios, o por la irresponsabilidad de gastar demasiado, pretenden que sea el Estado quien cuide su propio dinero y vele por sus propias decisiones. Cuando alguien cobra demasiado por algún producto, dejará de hacerlo tan pronto como el consumidor sepa decidir mejor qué hacer con su dinero.


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